La música clásica.

Para que nos hables de tus gustos en el arte de combinar los sonidos.

por elAle. » 30 Jul 2012, 22:20

Creo que mis primeras escuchas de clásica fue a través de los dibujos animados. El que realmente me lleva de lleno al genero fue Keith Emerson con su versión de Pictures at an Exhibition. De ahí llegar a Horowitz y su suegro, Toscanini, fue un paso.

Se me ocurrió hablar de interpretes escuchando las Goldberg Variations de Bach por Glenn Gould. Aparentemente la única obra que este ejecutante grabo 2 veces.

[youtube]Gv94m_S3QDo[/youtube]

Algunas palabras sobre su vida:

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Los errores de Glenn Gould.
Antoni Pizá - 13-10-2011

Glenn Gould se equivocó en muchas ocasiones. Casi veinte años después de su muerte, su fama como pianista continúa aumentando, imparable, día a día. Sus ideas, sin embargo –vertidas en numerosos escritos ensayísticos, entrevistas, guiones para la radio y la televisión y, ahora, en esta recopilación de su correspondencia– son el producto de un genio autodidacta con algunos momentos de resplandeciente clarividencia y bastantes desafortunados baches. A pesar de todo, los aficionados a la figura del gran pianista encontrarán en estas cartas una magnífica fuente de información que complementa la imagen del músico que, con toda seguridad y dada su idiosincrasia, ya tenían de antemano: genial, sin duda; excéntrico, efectivamente; misántropo, sí, sí; hipocondríaco, sin duda; frío, ciertamente; perfeccionista, naturalmente; envidioso, celoso y competidor, siempre.

Glenn Gould: Cartas escogidas recopila 184 textos epistolares que el pianista escribió a diversas personalidades de la música, algunos familiares y, muy especialmente, a un selecto grupo de seguidores y fans incondicionales. Organizados cronológicamente, cubren la etapa comprendida entre 1956 y 1982, es decir: toda su carrera. Según los compiladores, la trayectoria profesional de Gould se puede dividir en tres periodos: 1956-64, etapa de formación, primero, y de abandono de su carrera como concertista, posteriormente; 1964-76, años de dedicación a los nuevos medios de la radio, TV y cine; y, finalmente, 1976-82, época marcada por soledad y la enfermedad, síntomas que se acentuaron con el trauma causado por la muerte de su madre.

¿Y qué pensaba Glenn Gould sobre la interpretación de Bach al piano moderno, la vida cotidiana de los concertistas, las posibilidades de la tecnología para crear música, sus propias grabaciones de obras de repertorio, los compositores románticos, la importancia de conocer la estructura de una obra para tocarla bien o, incluso, cómo solucionar, compás a compás, los problemas interpretativos de obras concretas? Esta correspondencia ofrece al lector respuestas a casi todas estas cuestiones; sobre su vida personal, sin embargo, las cartas son, en general, más bien opacas: roces y malentendidos con su padre que provocaron que Gould no asistiese a su segunda boda; una tal Dell, misteriosa amiga a quien Gould describe con ternura, pero sobre quien no se sabe prácticamente nada; afecto y agradecimiento a sus admiradores; pastillas, noches de insomnio y ansiedad, pánico existencial y pocas cosas más (y no es poco, ciertamente).

Retrospectivamente, el Glenn Gould que falla y desencanta es el maníaco de opiniones categóricas que no permiten matices. La más famosa entre ellas, sin duda, es la aserción de que los conciertos en vivo son cosa del pasado y que las grabaciones llegarán a eclipsar la música en directo. Las cartas aquí recopiladas no llegan a decir textualmente esto, pero insinúan el argumento que el pianista ya había expresado en otros escritos. Y sin embargo, hoy sabemos, y es un hecho ampliamente aceptado, que el mercado de los discos se ha hundido y, en cambio, la asistencia a los conciertos en vivo –aunque deje mucho que desear– ha acabado siendo el salvavidas de la industria musical.

Y puestos a dar la extremaunción y a perdonar vidas, Gould asevera disparatadamente que el género del concierto con solista es un molde “muerto” (!). Y hay más: Schubert y Schumann (¡pobrecitos!) muestran manierismos de música de salón. El venerable Schoenberg –dice él equivocadamente– acabará gustando al público (¿seguro?). La dificilísima sonata Hammerklavier, de Beethoven, no compensa el esfuerzo que supone (que se lo digan si no a las docenas de personas que se pelean con ella a diario en todos los conservatorio del mundo). Ya más atinado, admite que sus grabaciones de las sonatas de Mozart van desencaminadas, pero no menciona otras extravagancias interpretativas más obvias como sus peculiares y espiritualmente inhóspitas lecturas de los Intermezzi de Brahms, ejecuciones gélidas y hostiles al alma, como la tundra y la taiga invernal del Canadá, que a él (lógicamente) tanto le gustaba.

Y todo son gustos, podríamos decir, si bien, con toda seguridad, las ideas expresadas en la correspondencia de este genio boreal, muy a pesar de emitir esporádicas chispas de penetrante intuición, en general, han quedado desfasadas. Su arte pianístico (con algunas excepciones, claro), sobrevive sin ningún síntoma de envejecimiento, prácticamente sin ningún rasguño, ni moratón, ni una sola llaga, y hasta aquí sus grabaciones continúan su decidida escalada sin la menor lesión. ¿Cuántos artistas desearían poder garantizar lo mismo para su legado?


http://www.fronterad.com/?q=los-errores-de-Glenn-Gould

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por elAle. » 30 Jul 2012, 22:22

Un poco de su biografía.

Glenn Herbert Gould (Toronto, 25 de septiembre de 1932 – 4 de octubre de 1982), más conocido con el nombre de Glenn Gould, fue un pianista canadiense, especialmente reconocido como intérprete de las sonatas y de las Variaciones Goldberg de Bach, así como de las obras pianísticas de Arnold Schönberg.

Nacido en Toronto en el seno de una familia de músicos (el padre era aficionado; la madre profesional), Gould aprendió a tocar el piano con esta última, que tocaba además el órgano. Su abuelo era primo de Edvard Grieg. Fue a la escuela Royal Conservatory of Music cuando tenía diez años de edad, convirtiéndose en el discípulo más famoso del pianista chileno Alberto Guerrero.2
Su primer concierto (tocó el órgano) tuvo lugar en 1945, e hizo su primera aparición con orquesta el año siguiente cuando ejecutaba el Concierto para piano nº 4 de Beethoven con la Orquesta Sinfónica de Toronto. Realizó su primera ejecución pública como pianista solo en 1947.
El 11 de enero de 1955 debutó en New York, con un recital de piano que tuvo lugar en el Town Hall. Al día siguiente recibió el ofrecimiento de Columbia Masterworks para grabar su álbum debut, las Variaciones Goldberg de J.S.Bach en la primera de sus versiones (realizó una segunda en 1981).
Diez años más tarde, Gould hizo un viaje a la Unión Soviética y fue el primer pianista canadiense en visitar ese país después de la Segunda Guerra Mundial.
El 10 de abril de 1964, tocó en público por última vez en Los Ángeles y anunció que se retiraba de los escenarios cuando era una auténtica figura internacional. La razón es que empezó a sentir hastío por la interpretación en directo y creyó que servía mejor a la música en un estudio de grabación que en la sala de conciertos. Pensaba además que la música se preservaba mejor en la intimidad.
Además de las grabaciones de piano, a las que se dedicó con ahínco durante el resto de su vida, se dedicó también a la escritura y a la radio, que le apasionaba. Murió en Toronto el 4 de octubre de 1982 después de sufrir un infarto cerebral.
En 1983, el escritor austríaco Thomas Bernhard escribe El malogrado, novela que gira en torno a un pianista llamado Glenn Gould y su interpretación de las Variaciones Goldberg de Bach. En 1992, Manuel Huerga dirige el galardonado documental Les Variacions Gould, una coproducción de Ovideo TV, La Sept/Arte y TVC sobre el pianista canadiense con motivo del décimo aniversario de su muerte. En 1993, se hizo una película sobre él titulada Thirty two short films about Glenn Gould. (Treinta y dos películas cortas sobre Glenn Gould) dirigida por François Girard y Don McKellar.

Muy interesado en las nuevas tecnologías, llegó a ser un gran especialista en las técnicas de grabación y fue de los primeros intérpretes clásicos en experimentar con técnicas digitales. Cada grabación la preparaba con todo detalle como una obra única, y pocas veces regrabó alguna pieza, con la notable excepción de las Variaciones Goldberg, cuya primera versión grabó en 1955, al inicio de su carrera, y la segunda en 1981, totalmente distinta, poco antes de su muerte, y empleando tecnología digital en todo el proceso. Gould publicó más de 60 discos con un repertorio que abarcó desde Bach hasta Schoenberg, desde Beethoven hasta Shostakovich, a quien popularizó en Occidente. De Bach dejó un inigualable patrimonio de grabaciones.
Excéntrico y encantador, se presentaba a los conciertos con mitones, abrigo, bufanda independientemente del calor que hiciera, con una desvencijada silla de madera con respaldo y casi sin asiento, con las patas recortadas que hacía que le quedara la nariz a la altura del teclado. No es raro escuchar su voz cantando durante las grabaciones. Dotado naturalmente de una técnica sorprendente, sus grabaciones son un referente musical para todo músico. Poco más de veinte años después de su muerte, exámenes científicos le diagnosticaron el síndrome de Asperger. Muchas personas con este desorden creen que Gould lo tenía. La pequeña silla que utilizaba le identifica fielmente y tiene un lugar de honor en una vitrina en la Biblioteca Nacional de Canadá.


http://es.wikipedia.org/wiki/Glenn_Gould
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por tony_bennett » 30 Jul 2012, 23:15

Muy buena data Ale, felicitaciones por postearlo. Gracias :-D
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Asi que te gusta el MP3....?
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por Dr. Amor » 31 Jul 2012, 10:09

El Dr. Amor dice que la música clásica es para velorios, o para hacerse el finolli.
No sirve pa bailar, ni para chamuyar minas y menos pa´ cabecear en El palacio Imperial
"Usá internet, p#l#t#d@" u.u
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por soniq » 31 Jul 2012, 10:29

Dr. Amor escribiste:El Dr. Amor dice que la música clásica es para velorios, o para hacerse el finolli.
No sirve pa bailar, ni para chamuyar minas y menos pa´ cabecear en El palacio Imperial


El Dr. Amor habla en 3ra persona como Riquelme ....

:o :o
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por elAle. » 31 Jul 2012, 13:14

Dr. Amor escribiste:El Dr. Amor dice que la música clásica es para velorios, o para hacerse el finolli.
No sirve pa bailar, ni para chamuyar minas y menos pa´ cabecear en El palacio Imperial


Que usted no entienda algunas expresiones culturales, es comprensible y casi todos lo sabemos.
Sería bueno que se recate, y no quede tan expuesto.
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por Dr. Amor » 31 Jul 2012, 13:20

soniq escribiste:
Dr. Amor escribiste:El Dr. Amor dice que la música clásica es para velorios, o para hacerse el finolli.
No sirve pa bailar, ni para chamuyar minas y menos pa´ cabecear en El palacio Imperial


El Dr. Amor habla en 3ra persona como Riquelme ....

:o :o


El Dr. habla como el Diego...
"Usá internet, p#l#t#d@" u.u
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por moebius » 31 Jul 2012, 13:28

Diego???? tony Benett???
:oops:
escuchando
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en spotify
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por elAle. » 31 Jul 2012, 13:29

Dejando de lado a la mezcla perfecta entre Tinguitela y Paniagua, volveremos al tema en cuestión.


Para mí, el más grande:

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Considerado como uno de los más grandes pianistas del siglo XX, Vladimir Horowitz fue un intérprete referencial gracias a una portentosa técnica y a una potencia sonora que no parecía tener límites. Una personalidad musical indiscutible que, sin embargo, adoleció de una serie de problemas personales que afectaron a su carrera mediante prolongados períodos de retiro voluntario. Pero como todo monstruo de la interpretación, Horowitz supo resarcirse de sus inconvenientes y firmó un final de carrera como sólo los grandes maestros están al alcance de realizar. Sus últimas actuaciones en público, allá por los años ochenta, fueron todo un fenómeno musical que provocó la admiración colectiva de cuántos auditorios tuvieron la fortuna de verle y escucharle. Era, simplemente, Horowitz en estado puro.

Vladimir Horowitz nació en Kiev, antigua ciudad imperial rusa y hoy capital del Estado de Ucrania, el 1 de octubre de 1903 — pese a que muchas biografías señalan que fue en el año 1904. Al parecer, el padre de Horowitz decidió demorar un año la fecha de su nacimiento para que su incorporación a la milicia rusa no coincidiera con el desarrollo físico de un niño que ya destacaba por sus increíbles dotes pianísticas. Hijo de familia de origen judío, Horowitz recibe las primeras nociones musicales de parte de su propia madre, Sophia, una pianista aficionada. En 1912, con tan sólo ocho años — nueve en realidad — logra ser admitido en el Conservatorio de Kiev y allí se pone a las órdenes de los profesores Tarnowski y Blumenfeld, dos de las mayores autoridades pianísticas de la rusia ucraniana de aquellos días. En 1919 se gradúa como pianista y un año más tarde ofrece su primer recital en Jarkov. En plena Guerra Civil Rusa, Horowitz realiza una penosa gira por todo el país en donde se da a conocer y en donde a menudo era pagado con víveres ante la escasez de los mismos como consecuencia de la contienda entre rusos blancos y rojos. Pese a los éxitos obtenidos, Horowitz en realidad deseaba convertirse en compositor y su carrera como pianista era un remedio para poder ayudar económicamente a su familia, desposeída de numerosos bienes a causa de la Revolución Bolchevique. En diciembre de 1925, y con la excusa de ir a estudiar con Artur Schnabel, Horowitz abandona Rusia con la intención de no volver jamás. En sus botas había introducido dólares norteamericanos y libras esterlinas para poder financiar sus primeros conciertos en Occidente…

En enero de 1926 Horowitz ofrece su primer recital en Berlín y causa una enorme impresión, de tal manera que es invitado a tocar en Londres, París y Nueva York. Al año siguiente, las autoridades soviéticas le reclaman para participar en el Concurso Chopin de Varsovia, representando a la URSS, pero Horowitz no se presenta y así se hace pública su renuncia a regresar a tierras soviéticas. En Nueva York, Horowitz obtiene un éxito clamoroso actuando primeramente bajo la batuta de Sir Thomas Beecham y posteriormente bajo de la Toscanini. Con este último director actuó varias veces e incluso realizó algunas legendarias grabaciones discográficas. Tal intensa colaboración fue certificada en 1933, cuando el pianista contrajo matrimonio con Wanda, la hija del famoso director italiano. A partir de 1939, y ante el desarrollo de los acontecimientos bélicos que se estaban desarrollando en Europa, Horowitz se instala definitivamente en los EEUU para cinco años después obtener la plena ciudadanía norteamericana.

Fue a partir de entonces cuando empezaron a desarrollarse unos preocupantes quebrantos anímicos en la salud de Horowitz. En ocasiones, una extraña inseguridad personal determinó que se retirara de algunos espectáculos programados, teniendo a veces que ser literalmente “empujado” hacia el escenario instantes previos al concierto o recital. Por si esto no fuera poco, se empezó a airear una supuesta homosexualidad del artista, cuestión en absoluto baladí en la moralmente anquilosada sociedad norteamericana de aquel tiempo. Horowitz negó siempre esta condición sexual pese a que muchos colegas — Arthur Rubinstein — la daban por cierta y de todo el mundo conocida. Sea como fuere, Horowitz llegó a acudir a la consulta de un psicoanalista para tratar de “reorientar” su afinidad sexual…Y lo único que consiguió a cambio fue contraer una severa depresión emocional que provocó numerosas interrupciones a lo largo de su exitosa carrera. El más largo de estos períodos lo mantuvo apartado de la escena artística entre 1953 y 1965 y, según parece, el pianista sufrió también una presumible dependencia del alcohol. Sin embargo, su reaparición en el Carnegie Hall de Nueva York el 9 de mayo de 1965 fue un acto apoteósico. A partir de aquí reinicia su carrera aunque, en principio, exclusivamente por el continente norteamericano.

Con todo, a principios de los años ochenta Horowitz vuelve a recaer en sus períodos de depresión y se descubre que toma medicación por su cuenta e incluso que sigue bebiendo alcohol. En algunos recitales Horowitz da muestras de fatiga e incluso sufre repentinos ataques de amnesia que provocan un nuevo parón en su actividad desde 1983 a 1985. A partir de esta fecha, un Horowitz ya del todo recuperado y completamente alejado del abuso del alcohol muestra una espléndida forma en sus actuaciones y realiza incluso algunas importantes grabaciones discográficas. En 1986 regresa de nuevo a la URSS para ofrecer una serie de recitales y un año más tarde triunfa en Japón. La crítica se rinde a los pies de este veterano pianista que parece dar lo mejor de sí mismo en su última etapa de madurez personal y artística. Su último concierto fue ofrecido el 21 de noviembre de 1987 en Alemania luego de ser galardonado con la Medalla Presidencial de la Libertad concedida por el presidente norteamericano Ronald Reagan. Finalmente, Horowitz falleció en Nueva York el 5 de noviembre de 1989 como consecuencia de un ataque al corazón. Sus restos descansan en el mausoleo de la familia Toscanini en Milán.

El estilo interpretativo de Horowitz se caracterizó sobremanera por un acusado sentido de la expresividad con independencia de la pieza a ejecutar. Pero a ello unía un técnica abrumadora e incontestable capaz de una precisión absolutamente excepcional. Horowitz atesoraba un incomparable dominio de las dinámicas sonoras hasta el punto de completar transiciones en apenas un par de compases desde el fortissimo hasta el pianissimo con una prodigiosa suavidad y sin ningún asomo de desmesuras. La gama sonora que extraía del instrumento era verdaderamente prodigiosa y en ningún momento surgían estridencias o forzadas asperezas. Famosos fueron sus ataques en pasajes de octavas, muy propios en la música de Chopin y Rachmaninov, y ejecutados con diabólica velocidad y con una limpieza admirable. Para ciertos contemporáneos, Horowitz fue el pianista que más se aproximó al estilo de Rachmaninov y, acorde a ello, algunos le señalaron como su más legítimo sucesor. Incluso con las limitaciones físicas que conllevó el ineludible paso de los años su digitación fue en todo momento tan elegante como magistral. Poco amigo de los excesos, nunca levantaba las manos por encima del piano y su cuerpo permanecía inmóvil e invariable a lo largo de la ejecución. Aún así, la potencia sonora que lograba extraer del instrumento en determinados pasajes fue realmente inimitable para el resto de sus colegas. Muchas opiniones coinciden en que, de haber mantenido una mayor regularidad, Horowitz habría sido el pianista “definitivo”.

Dentro del legado discográfico de Vladimir Horowitz podemos destacar las siguientes grabaciones (Advertimos, como suele ser habitual en este apartado, que los distintos enlaces que vienen a continuación no tienen porqué corresponderse necesariamente con la versión citada, aunque sí con la obra ejecutada): Toccata en Do menor, BWV 911, de Bach (RCA 62643); Islamey de Balakirev (RCA 754604); Sonata para piano en mi bemol menor de Barber (RCA 60377); algunas Sonatas para piano de Beethoven (SONY 53467); Concierto para piano nº5 de Beethoven, acompañado de la Orquesta Sinfónica RCA VICTOR dirigida por Fritz Reiner (RCA 7992); 32 Variaciones sobre un tema original de Beethoven (EMI 63538); Fantasía sobre Carmen de Bizet (DAL SEGNO 23); Concierto para piano nº1 de Brahms, acompañado por la Filarmónica de Nueva York dirigida por Arturo Toscanini (APR 6001); Concierto para piano nº2 de Brahms, acompañado de la Orquesta Sinfónica de la NBC dirigida por Arturo Toscanini (APR 6001); Intermezzi Op. 117 de Brahms (SONY 757500); Sonata para violín y piano nº3 de Brahms, acompañado por Nathan Milstein (RCA 60461- grabación memorable); Concierto para piano nº1 de Chaikovski, acompañado de la Orquesta Sinfónica de la NBC dirigida por Arturo Toscanini (RCA 60321); Baladas (URANIA 232), Estudios (SONY 805141), Impromptus (SONY 757500), Mazurkas (RCA 60987), Nocturnos (SONY 757500), Polonesas (RCA 62643), Preludios (SONY 92743), Sonatas (NAXOS 8111282) y Valses (RCA 7752) de Chopin; selección de Sonatas de Muzio Clementi (SONY 731623); Variaciones para piano sobre un tema de Rone de Carl Czerny (RCA 60451); Estudios (SONY 53471), Preludios (SONY 53471) y L´isle joyeuse (SONY 53456) de Debussy; selección de Nocturnos de Fauré (RCA 60377); selección de Sonatas de Haydn (SONY 90437); Sonata nº3 de Dmitri Kabalevski (60377); Sonata en si (RCA 61415) y selección de obra pianística de Liszt (RCA 61415); Cuentos encantados de Nikolai Medtner (SONY 48093); Variaciones Sérieuses de Mendelssohn (SONY 757500); Étincelles de Moritz Moszkowski (DG 1362996); selección de Sonatas de Mozart (DG 001341002); Concierto para piano 23 de Mozart, acompañado de la Orquesta del Teatro de la Scala dirigida por Carlo Maria Giulini (DG 423287); Cuadros de una exposición de Mussorgski (RCA 60526); selección de obra pianística de Poulenc (EMI 63538); Sonata nº7 en Si bemol mayor de Prokofiev (RCA 60377); selección de obra pianística de Rachmaninov (RCA 163471); Concierto para piano nº3 de Rachmaninov, acompañado de la Orquesta Sinfónica RCA VICTOR dirigida por Fritz Reiner (RCA 7754); El vuelo del moscardón de Rimski-Korsakov (EMI 63538); Danza macabra de Saint-Säens (DAL SEGNO 23 — curiosísimo vídeo); selección de Sonatas de Scarlatti (SONY 90414); Impromptus (SONY 805145) y Momentos musicales (DG 001145802) de Schubert; selección de obra pianística de Schumann (SONY 93023); selección de obra pianística de Scriabin (SONY 6215); extractos de Petrushka de Stravinski (EMI 63538); y, finalmente, adaptación para piano del Liebestod (Tristán e Isolda) de Wagner (SONY 92742); Nuestro humilde homenaje a este excepcional pianista, uno de mis predilectos de siempre.

http://leiter.wordpress.com/2010/07/15/ ... -horowitz/


Pirotecnia pura, y un dominio apabullante de la digitación.
[youtube]WV_Nh884PKg[/youtube]



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por leepancho » 31 Jul 2012, 14:28

En mi infancia, siempre escuchaba la musica clasica (va, mi vieja, yo lo ligaba nomas).
Esa influencia, tal vez, me hizo ser un buen amante de buena musica, calculo. Es un clasico. Tal vez dr amor prefiere ver partidos de los domingos, pero yo gustar cada tanto ver Arg. vs Inglaterra en Mundial Mexico 86. :egipto :egipto :egipto
Mis respetos y saludos.
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